La Etica en la Religión Cristiana

 

 

               “LA ÉTICA EN LA RELIGIÓN CRISTIANA

 

       No quiero terminar este trabajo sin hacer una especial mención a la cuestión religiosa. Unas páginas atrás mencioné que aún no había llegado el momento de hablar de este tema, porque quería sumar y no restar. El motivo es claro: podría despertar la adhesión de las personas creyentes y la desconformidad de aquellos que “no creen”, sean agnósticos o ateos. Incluso, entre quienes “creen”, habrá discrepancias respecto a la legitimidad de una u otra religión y, para más abundar, dentro de una misma religión habrá sectores enfrentados,  y muchas veces, “a muerte”. Empero, estimo que a estas alturas de la lectura, habremos establecido un nivel de comunicación que permitirá que las lectoras y los lectores interpreten más acertadamente mis ideas respecto a “la” o a  “las religiones”.

       Todos consideramos saber que el vocablo “religión” proviene del latín “religare”, que significa “atar junto”, “ligar”, “unir”. Lo que no tenemos como tan conocido es que, a su vez, “religare” proviene de otro término latino: “religio”, que se traduce como “escrúpulo”, y que nos permite asignarle un significado de: “obrar realizado con minuciosidad y con mucha atención al cuidado de los detalles”. Podríamos interpretar que el término “religión”, que usamos con frecuencia diaria, encierra un significado compatible con la siguiente definición: “obrar realizado de forma muy escrupulosa en compañía de otras personas”.

       Hasta aquí parece sencillo, pero a partir de este punto comienza a complicarse: porque “obrar”, es actuar, es realizar o construir y cuando se construye se está creando un ente objetivo, y todo objeto tiene un fundamento esencial y un fin determinado. O sea que cuando definimos el término “religión”, decimos que hablamos de un obrar escrupuloso y también decimos que lo hacemos conjuntamente con otras personas. Por lo tanto a nuestra pretendida definición le falta aún ese fundamento esencial y esa finalidad determinada.

 – ¿Y cual es ese fundamento esencial que debe tener el vocablo? ¿Es acaso una creencia, o una idea?

– No. Es un sentimiento.

– ¿Y cual es la finalidad determinada? ¿Es el actuar piadosamente o el construir templos?

– No. Es aceptar y respetar la presencia divina en nuestro espíritu.

       Ahora sí podemos arriesgar una definición más completa: “la religión es la manifestación esmerada y escrupulosa de sentir, aceptar y respetar la presencia divina en nuestro espíritu y hacerlo en unión con otras personas”.

    

“La religión es la manifestación esmerada y escrupulosa de sentir, aceptar y respetar la presencia divina en nuestro espíritu y hacerlo en unión con otras personas”

 

       Porque está en la esencia de la religión la condición de aceptar y compartir la presencia divina en nuestro espíritu. Pero no es suficiente ni validante el hecho de expresarlo con palabras, debe ser realmente “sentida” esa presencia divina. La mayoría de quienes se dicen formar parte de una religión, solo son parte de una comunidad específica dedicada a un culto determinado y atada a rituales, más o menos rutinariamente practicados. Pero carecen del verdadero “sentimiento religioso”, carecen del sentimiento de la presencia divina en sus espíritus y por lo tanto sus acciones no reflejan la presencia de Dios en ellas. Este es el verdadero drama que vive la humanidad actual.

 

“La humanidad no refleja la presencia de Dios en sus acciones”

 

       La tragedia social humana consiste en vivir sin la presencia de Dios en el espíritu. Y esto siempre fue así en la historia de los hombres y de las mujeres. Solo unos pocos esforzados y elegidos seres humanos han podido “sentir” efectivamente esa presencia y han tenido la fortaleza de obrar de acuerdo a ella. Esta aseveración, que parece exagerada, es muy cierta, de lo contrario no tendríamos tan asumido el concepto de “utopía” (tema del que ya hablamos), y que definimos como sistemas ideales que se pueden proyectar pero que son imposibles de realizar. Tal el caso de la “Utopía” de Tomás Moro. Esas mismas “utopías” que relatan el funcionamiento de ciudades perfectas, donde todo transcurre en forma ideal, con justicia y en dulce armonía, que siempre se han descripto literariamente, pero que nunca se han materializado.  Fue siempre un faltante en las aspiraciones humanas. Se han referido a ellas muchos pensadores y filósofos, desde la antigüedad hasta nuestros días, por ejemplo: Platón, Bacon, Morelly, Saint Simón, entre otros.

 

“El drama humano consiste en vivir sin la presencia de Dios en el espíritu”

 

       Habiéndonos aproximado a este humilde intento de definir conceptual y lingüísticamente el vocablo “religión”, corresponde describir la forma en que el ente religioso toma corporeidad institucional. Vale decir, los distintos tipos de variantes religiosas que ha adoptado la humanidad.

 

       A los efectos de cumplir con la finalidad de este tema, vamos a golpear levemente las puertas de dos de las tres principales religiones de occidente y del oriente medio: el Judaísmo y el Islamismo, extendiéndonos algo más en el Cristianismo. Pero mal podríamos desconocer la existencia de las otras religiones, especialmente las asiáticas, fuente de satisfacción espiritual para millones de personas.

 

       En tal sentido estamos obligados a destacar al Hinduismo,  originario de la India, gigantesco conglomerado humano que agrupa a una colección de variantes religiosas, practicadas en un territorio con más de mil quinientos millones de habitantes, de los cuales el 80 % las practica. Agrupamiento dentro del cual podemos mencionar el Brahmanismo, el Jainismo, el Budismo y el Sikhismo.

       En otro gigante asiático: China, el Confucianismo. En Japón, el Shintoismo.

       En las costas bañadas por el mar Mediterráneo: al sur, la antigua religión egipcia; al norte, las antiguas religiones griega y  romana.

       En las costas del mar del norte de Europa: las religiones célticas y las religiones nórdicas.

       En nuestra América, las religiones aborígenes más importantes han sido la Azteca y la Inca.

       Dicho esto y habiendo anticipado mi interés por las tres principales religiones de origen occidental y de oriente medio, cabe hacer la siguiente aclaración: como pertenezco a la Religión Cristiana no me siento suficientemente capacitada, ni con derecho espiritual, a analizar al Judaísmo y mucho menos al Islamismo, religiones ambas por las que siento la mayor ponderación y un relevante afecto en la hermandad. Pero es en el Cristianismo donde mi espíritu abreva el amor y el respeto a Dios.

       El Cristianismo es la religión de un 25 % de la población mundial. Lo que equivale aproximadamente a mil setecientos millones de personas.

       Pero como ya lo expresé con anterioridad, no es suficiente declararse “cristiano”, debe sentirse la presencia de Dios a través de Cristo en el espíritu. Y el sentimiento de esa presencia se prueba honrando los Valores del Espíritu. Siguiendo fielmente las enseñanzas cristianas, resumidas en los preceptos de: “Amar a Dios y al prójimo”.

       El Cristianismo es un heredero directo del Judaísmo. Cristo mismo y también sus primeros discípulos y seguidores eran Judíos. Los territorios donde se desarrollaron los acontecimientos del nacimiento, la vida y la trágica muerte de Cristo, si bien estaban bajo el dominio político de la Roma Imperial, eran los lugares descriptos por el Antiguo Testamento como asiento de la comunidad hebrea y la formación religiosa de Cristo era esencialmente Judía.

       Cristo introdujo en el Judaísmo una transformación revolucionaria que cambió para siempre la concepción del Dios del Antiguo Testamento, Jehová, imperativo y punitivo con la especie humana, al Dios del Nuevo Testamento, compañero e indulgente con hombres y con mujeres. De aquél Dios distante y externo respecto a los seres humanos, a este Dios cercano e íntimo para los hombres y las  mujeres. Del Dios que ordenaba comportamientos al Dios que propone conductas.

 

“Del Dios que ‘ordena’ comportamientos al Dios que ‘propone’ conductas”

 

 De Aquél que castiga a Éste que perdona. Del Dios que ahogó al ejército egipcio en el Mar Rojo y que derribó las murallas de Jericó, al Dios que promueve el amor y la misericordia entre los seres humanos.

       Con Cristo llega el amor a la religión mosaica. Transformó un padre autoritario en un padre afectuoso. Cristo reemplazó una Antigua Alianza con una verdadera Unión entre el Espíritu Santo y el Cuerpo Humano.

        En el Antiguo Testamento, el profeta Daniel, anticipó que Jehová enviaría a la tierra a un mensajero que sería el “Hijo del Hombre”   y lo llamó “el mesias”. Cristo, en el Nuevo Testamento,  reconocía haber nacido de una mujer y de un hombre y no obstante se proclamó como Hijo de Dios, a quien llamó “Padre”.

       La obra de Cristo ha producido el descubrimiento más importante y trascendente en la historia de la humanidad. Ha revelado la verdadera esencia de Dios. No ha existido ni existe otra manifestación equivalente a esta. Pero Cristo no fue comprendido, y los dirigentes de turno, le cobraron con su corpórea sangre el mensaje transmitido.

 

“Pero Cristo no fue comprendido, y los dirigentes de turno, le cobraron con su corpórea sangre el mensaje transmitido”

 

       Sí, esos fariseos y saduceos, dirigentes  político-religiosos de Jerusalén, y el procurador romano Poncio Pilato (la autoridad administrativa y militar romana), condenaron a muerte a Cristo y se cobraron con su sangre el mensaje que instaló en la mente humana. Lo asesinaron injustamente. Lo atormentaron. Lo humillaron. Lo denigraron. Lo crucificaron junto a dos delincuentes. Lo expusieron a la decisión del pueblo, reunido en chusmal expectativa,   a fin de que  fueran ellos quienes eligieran a la persona a condenar o liberar. Se les propuso elegir entre  Jesucristo y Barrabás, que era un simple agitador político. El populacho eligió liberar al mal y condenar al bien. Salvaron al diablo, su patrón, y condenaron a Cristo, su Salvador.

       En realidad lo que hicieron fue asesinar a Dios. Pero como Dios es consustancial con el Espíritu Santo Divino, no puede morir nunca. Entonces, los humanos mataron a su mensajero. Seguramente no fue la primera, ni ha sido esa la última vez que lo hicieron. Los mártires que ofrendaron sus vidas por mantener incólume la esencia del Espíritu Santo Divino se cuentan por millares en la historia de la humanidad. Por supuesto que aún hoy, a cada instante, en algún lugar del mundo, ya sea dentro de  las grandes y fastuosas ciudades o en las precarias villas de emergencia, resplandece en medio del oscurantismo social la luz del Espíritu Santo Divino. Mientras eso ocurra y aún cuando sólo quede una tenue flama a resguardo en el más recóndito refugio de la tierra, tendremos esperanza y no todo estará perdido. El mal no habrá podido consumar su victoria definitiva.

 

“Aún cuando del ‘bien’ sólo quede una tenue flama a resguardo en el más recóndito refugio de la tierra, tendremos esperanza y no todo estará perdido”

 

       La batalla entre el bien y el mal no perdurará eternamente, pero seguirá durante muchos siglos más. Cesará cuando los hombres y las mujeres acepten a Dios en su Espíritu.

       La presencia del mensaje cristiano ha encendido millones de antorchas en las mentes humanas, antorchas que han iluminado los senderos  que recorren los hombres y las mujeres de buena voluntad.

      

       No obstante, la humanidad no ha llegado a comprender la magnitud total del mensaje que transmitió Jesucristo. En sus crípticas palabras se encuentra la Verdad Total. Verdad que el mundo conocerá en muy poco tiempo. En… muy poco tiempo.

       Debemos sentirnos obligados a difundir la palabra de Jesucristo para ampliar el campo de acción del Espíritu Santo Divino y ocupar con las fuerzas del amor y la piedad los vastos dominios donde impera el mal. Fertilizar con las semillas del bien los desiertos del infierno. Esclarecer el pensamiento humano, alejándolo del pecado y formándolo en las virtudes del espíritu cristiano.

 

“Fertilizar con las semillas del bien los desiertos del infierno”

 

       El legado de Jesucristo no debe ser olvidado. Debemos contribuir cada uno de nosotros para que el Hijo de Dios no haya derramado su sangre en vano.

       La esencia del cristianismo no se encuentra en los fundamentos de una doctrina ni en los elementos originales y rituales de una religión. La esencia es el propio Cristo. La religión cristiana encuentra su justificación en la fe depositada en Cristo. Es un personalismo excluyente. Nada queda fuera de Él. Cristo es Dios convertido en hombre. Dios encarnado en un hombre. Un hombre con existencia real, visible y tangible, comprobable históricamente. Un hombre con las fortalezas espirituales de Dios y las debilidades físicas de un ser humano. Un hombre con cuerpo mortal y Espíritu Divino inmortal.

 

       Muerto su cuerpo humano hace dos mil años, pervivió su espíritu en la tierra y percibimos su presencia infinita entre nosotros. Nosotros partiremos, pero su esencia perdurará por siempre.

 

“Jesucristo fue un hombre con las fortalezas espirituales de Dios y con las debilidades físicas de un ser humano. Un hombre con un cuerpo mortal y con un Espíritu Divino inmortal”

 

 

       Las iglesias cristianas fueron tomando forma después de la muerte de Cristo, en lo que consideramos el primer siglo de la era cristiana.

       El Vocablo “Iglesia” (que suele escribirse con inicial en mayúscula), proviene del término griego “ekklesía”, después derivado a la palabra latína “ecclesia” y puede ser definido como: “lugar de reunión o asamblea”. Básicamente se lo comenzó a utilizar como: “lugar donde se reunían y practicaban su culto los primeros cristianos”.

       Actualmente utilizamos el término para denominar al conjunto formado por las autoridades religiosas y el pueblo practicante de los cultos respectivos.

       También utilizamos este término para referirnos al edificio concreto donde se alojan los sacerdotes y se practican los rituales religiosos.

       Así, los cristianos hablamos de Iglesia católica; Iglesia ortodoxa; Iglesias Protestantes; Iglesias Evangélicas; Testigos de Jehova, Iglesias Luteranas; Iglesias Metodistas; Iglesias Pentecostales; Iglesias Discípulos de Cristo; Iglesias Adventistas del Séptimo Día; Iglesias de Santidad; Iglesia del Ejército de Salvación; Iglesias Reformadas; Iglesias Anglicanas; entre otras.

 

       Lo que es preciso dejar  muy aclarado es el concepto de que las religiones y sus corporaciones institucionales, las Iglesias, fueron y son las que crearon, consolidaron y guardaron los principios y los valores morales del espíritu humano. Principios y valores morales que la ética posibilitó aplicar en el curso práctico de nuestra existencia. Y serán las Iglesias quienes continúen manteniendo la llama de la Fe en la mente de toda la humanidad.

 

“Además los preceptos religiosos fueron los precursores y los antecedentes obligados de las normas jurídicas del derecho positivo actual”

 

       Si tomamos los Diez Mandamientos de Moisés, podemos apreciar que contienen un acabado resumen de contenidos éticos, sociales, jurídicos y por supuesto religiosos. Lo encomiable de esta breve reseña es el formidable mérito de haber compendiado en tan corto número de preceptos todo el universo conductual humano. Recordemos su contenido:

 

       Según el Antiguo Testamento, Dios dijo a Moisés:

 

       “Yo soy Yahvé, tu único Dios y no tendrás otros dioses delante de Mí ni les brindarás culto”

       “No harás esculturas ni imágenes de lo que hay en el cielo, ni de   lo que hay en la tierra, ni de lo que hay bajo las aguas”

       “No tomarás en vano el nombre de Yahvé, tu Dios”

       “Santificarás los días sábados” 

       “Honrarás a tu padre y a tu madre”

       “No matarás”

       “No cometerás adulterio”

       “No hurtarás”

       “No levantarás falso testimonio contra tu prójimo”

       “No codiciarás la casa ni la mujer de tu prójimo, ni ninguna de sus pertenencias”

       ¡Admirable resumen! Bastaría con respetar las normas que contiene para convivir en paz y armonía social. No serían necesarias las miles de normas jurídicas y reglamentarias que muchos se entretienen en vulnerar e ignorar.

       Los contenidos obrantes en estos mandamientos fueron la base conceptual del Antiguo Testamento. Con el advenimiento de Cristo, en el Nuevo Testamento, se produce una ampliación de estos preceptos, y hasta modificaciones, que son basales en la sustitución cristiana del “Dios del temor” por el “Dios del amor”.  Tal es el caso del Sermón de la Montaña, donde Cristo arengaba a las multitudes tratando de difundir su nueva doctrina, enumerando, desde un principio, las ocho bienaventuranzas:

 

       “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos”

       “Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados”

       “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra”

       “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán hartados de ella”

       “Bienaventurados los que tienen misericordia, porque para ellos habrá misericordia”

       “Bienaventurados los que tienen corazón puro, porque ellos verán a Dios”

       “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados ‘hijos de Dios’”

       Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque a ellos pertenece el reino de los cielos”

 

       A estas ocho bienaventuranzas le siguen seis preceptos directos entre los que destacaremos el siguiente: “Vosotros sois la sal de la tierra”. Enalteciendo con esta frase la importancia de la humanidad en el planeta que la cobija.

 

       Perfecciona luego algunas enseñanzas del Antiguo Testamento, aunque para hacerlo deba sustituirlas por su concepto contrario. Ejemplo: donde en el Antiguo Testamento se dice “Ojo por ojo y diente por diente”, Jesús modifica y dice: “Si te abofetean la mejilla derecha, preséntale la otra también”. Era una clara forma de significar que la venganza resarcitoria del “Dios del temor” debía ser suplantada por la humildad y la piedad del “Dios de la comprensión y del amor”.

 

       Cristo continúa extasiando a sus escuchas con cinco recomendaciones, la quinta es nuestro famoso “Padrenuestro”:

 

       Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad tanto en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan supersubstancial, perdona  nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes vencer por la tentación y líbranos del maligno”.

 

       Siguen a esta sublime oración treinta y seis enseñanzas más, de las que quiero destacar la siguiente:

 

       “Guardaos de los falsos profetas, los cuales vienen a vosotros disfrazados de ovejas, más por dentro son lobos rapaces. Los conoceréis por sus frutos. ¿O es que se pueden recoger uvas de los espinos o higos de plantas de abrojos? Deben saber que todo árbol que sea bueno dará frutos saludables y todo árbol malo también dará frutos malos. De este modo los podréis reconocer por sus frutos”.

 

       Esta última mención que hicimos de las enseñanzas cristianas contiene una sabiduría inconmensurable y puede ser aplicada a muchos acontecimientos y personajes que aparecen en nuestras vidas, entre ellos nuestros dirigentes políticos y sociales: bastaría con ver el fruto de las obras que han hecho para conocer el verdadero, pero invisible, contenido de sus almas.

 

“Bastaría con ver el fruto de las obras que han hecho nuestros dirigentes políticos y sociales, para conocer el verdadero, pero invisible, contenido de sus almas”

 

       Por lo dicho podemos inferir el magnífico potencial de las palabras de Cristo. No sólo ilumina nuestro interior, permitiendo conocernos a nosotros mismos en relación con Dios, sino que nos facilita penetrar en la esencia de todos aquellos que de una u otra forma condicionan nuestra existencia.

 

“Acercarse a Cristo es llegar al Hombre y poder conocer a Dios”

 

 

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